«La Vida no es fácil» Una cuestión de Legado

“La vida no es fácil”, es la frase con más cliché de la historia. Supongo que se debe a que ningún muerto ha dicho: “La muerte es fácil”.

Me detengo a pensar, evaluar y reevaluar mi carrera: Escritora y Empresaria. Al ver los resultados, noto que no son halagadores ni siquiera motivadores, todo lo contrario.

Cuando veo los resultados de mi desempeño en ambos campos me encuentro que hay una realidad tratando de abofetearme la cara, no sé si para decirme que lo siga intentando, porque como le gusta decir a los Optimistas, “estoy cerca de lograrlo” o sencillamente, trata de decirme de la forma más directa posible que debería hacer algo más con mi vida que seguir invirtiendo en un negocio fallido.

He ahí la cuestión: ¿cuándo debes abandonar la carrera? ¿Cuándo te das cuenta que lo que de verdad debes hacer es cambiar de carril?

No creo que se trate de un asunto de volver atrás ni retroceder, sino preguntarse con seriedad: ¿de verdad debo seguir por aquí? ¿Estoy en el camino correcto o debo seguir por otro?

La vida es un laboratorio, donde a diario probamos con Ensayo y Error. No somos ratas de laboratorio pero bien que nos dedicamos a experimentar con nosotros mismos.

Hay una frase que quedó en mi mente luego de escucharla cuando vi una de mis películas favoritas protagonizada por Whoopi Goldberg.

La segunda película de la Monja cantarina, en la que su personaje lidiaba con una joven algo rebelde que no gustaba de ajustarse a las normas.

En esa escena ella le refiere que un autor de libro le contestó a uno de sus lectores que si al levantarse por la mañana lo que deseaba era escribir, y no podía pensar en nada más que eso, entonces era un escritor. A esto el personaje de Goldberg añadió: “si al levantarte por la mañana, no puedes pensar en otra cosa que en cantar, entonces eres una cantante.”

Fuente: elcomercio.pe / Foto: Touchstone Pictures

Pues bien, basada en esa premisa hago la siguiente reflexión:

¿Qué me hace escritora? ¿Qué me hace artista? ¿Qué me hace empresaria?

Como sugirió Goldberg, soy escritora, artista o empresaria solo por el hecho de que es algo que no puedo apartar de mi mente cada día.

Según los filósofos, debería ser escritora porque escribo. Según las editoriales, soy escritora cuando publico. Según los especialistas en Marketing, seré escritora siempre y cuando haya un mercado para mi trabajo. Según los Community Manager, soy escritora por el número de seguidores en mis Redes Sociales. Según las empresas que contratan escritores, soy escritora dependiendo del número de publicaciones que haya efectuado y los años de experiencia que le acompañan. Según Wikipedia, soy escritora cuando he alcanzado cierto nivel de ventas en mis libros que me vuelven notoria. Según los ilustrados de las Artes, soy escritora por la cantidad de premios y reconocimientos que he alcanzado por escribir. Según la industria del cine, soy escritora cuando deciden que mi libro súper ventas en las librerías vale la pena ser llevado a la gran pantalla.

En resumen, soy escritora cuando me convierta en una buena matemática.

Lo mismo aplica para los artistas y los empresarios, de hecho para cualquier oficio. Convertirse en tu ideal de profesión o vivir de tu carrera, implica construir un currículum de muchos números y suficientes asteriscos.

Parece entonces que solo por desear algo o pensar en ello con frecuencia te vuelves tonto, porque empiezas a fantasear en una nube sobre lo idílico de trabajar en lo que te apasiona.

Cuando en realidad, deberías estar procurando crear un perfil que vuelva tan pesada tu Hoja de Vida que a todo el que la vea no le quede más remedio que decir: “Tú tienes que ser bueno en lo que haces. Vamos a darte una oportunidad”.

De modo que todo el perfil construido, solo sirve para que te tomen en cuenta y te abran la puerta.

Ahora bien, vuelvo a mi meditación y me pregunto: ¿Qué se necesita para ser escritor? ¿Qué se necesita para ser artista? ¿Qué se necesita para ser empresario?

Algunos gritarán: ¡Talento! Otros dirán: Conocimiento. Un grupo afirmará: Experiencia. Los representantes de Ventas dirán: Buenos contactos y relaciones. Los “Empresarios” dirán: Muchos ceros a la derecha en tu cuenta bancaria. Los maestros y pedagogos señalarán: Paciencia y mucha práctica. Los espirituales predicarán: Fe e intervención divina. Los holísticos dirán: Actitud y Buena suerte.

En otras palabras, para ser escritora necesito primero ir de compras.

Pero esta es la cuestión:

Si eres escritor pero nadie lee lo que escribes, ¿sigues siendo escritor? Si eres músico o cantante y nadie escucha lo que cantas o compones, ¿sigues siendo artista? Si tienes una empresa pero nadie compra lo que produces, ¿sigues siendo empresario?

Beethoven. Beethoven es mi primer pensamiento al respecto.

Beethoven, el músico sordo que se hizo escuchar

Este virtuoso músico alemán que se levantó en la pobreza y que con tan sólo 21 años ya experimentaba problemas de audición, compuso a lo largo de su vida:

  • 9 sinfonías (la última de ellas incluye un Coro),
  • 12 piezas de “Música Ocasional”,
  • 9 conciertos para instrumentos solistas y orquestas,
  • 4 obras cortas, dos misas,
  • 32 sonatas para piano (de las cuales 10 se acompañaban con violín, 5 con violonchelo y una con Corno francés),
  • 16 cuartetos de cuerda,
  • 5 obras para quintetos de cuerda,
  • 7 obras para trío con piano,
  • 5 obras para trío de cuerdas más un gran repertorio de obras para instrumentos de viento.

Un Señor Músico en toda la amplia extensión de la palabra. Eso sí, un músico sordo.

¿Existe mayor ironía que esa? El hombre cada vez escuchaba menos, hasta el punto de ya no escuchar nada, algo aparentemente limitante si se tiene en cuenta que su carrera, profesión y oficio era la de músico y por defecto, debía tener lo que los maestros musicales de hoy en día llaman: Oído musical.

Bueno, supongo que por aquel entonces el término no era muy usado o sencillamente, la sordera de Beethoven llegó justo a tiempo para evitarle escuchar esos reclamos de superioridad que habrían disminuido su pasión por la música, no obstante, lejos de cesar su carrera, este músico sordo se empeñó aún más en producir y componer música.

Así que, contra todo pronóstico, el hombre que no podía oír se hizo escuchar y aún después de su muerte en la pobreza, su obra se sigue escuchando.

Se puede decir entonces que en el caso de Beethoven, para ser músico solo hizo falta una cosa: Oyentes.

Poco o nada importó que él no pudiera oír su obra, porque lo que de verdad valía y aún ahora lo hace, es que haya quien la escuche por él.

Aunque Beethoven no podía oír, su placer por componer música se basaba en que otros sí pudieran hacerlo. Ahí es cuando hablamos de legado. No quiso quedarse solo con su trabajo, se aseguró de compartirlo con el resto del mundo.

Lo que la biblia llama “encender la luz y ponerla en lo alto y no debajo del almud” (Mateo 5: 15 y 16)

Del mismo modo, me atrevo a afirmar que un escritor solo puede coronarse ese título cuando tiene quien lo lea, incluso si él mismo ya no puede ver o leer su propia obra.

Un artista solo puede estimarse a sí mismo de serlo cuando existe un público que pueda admirar su trabajo, mientras tanto, es solo un egoísta intérprete en solitario.

Así que, los premios, las condecoraciones, las fiestas, las fortunas amasadas en los bancos, el número de seguidores y Me Gusta en las Redes Sociales es absolutamente inútil (desde mi punto de vista) para definir la carrera de vida de una persona, si no existe público que la disfrute y aprecie.

No es un asunto sobre tener éxito o fracaso sino comprobar mediante obras quién en realidad eres.

¿Eres músico? Déjame oírte. ¿Eres escritor? Permíteme leerte. ¿Eres vendedor? Háblame de tu producto. ¿Eres atleta? No te detengas.

En las Olimpíadas de 1968 en México, el atleta tanzano John Stephen Akhwari hizo historia en la maratón.

Su reconocimiento no se debió a que hubiese ganado la competencia. Tampoco a lo guapo que era ni a lo moderno de su atuendo deportivo. Su reconocimiento provino de ser el último en llegar.

¿Qué tiene eso de especial? Te preguntarás y con justa razón. Porque siempre hay alguien que llega al último en una carrera.

Pues, lo especial de este maratonista que llegó una hora después de terminado el evento y de entregadas las medallas, es que a pesar de tener un hombro dislocado, producto de la caída que sufrió en el kilómetro 19 del recorrido donde además se lastimó la pierna y no le dejaba de sangrar, fue que siguió corriendo hasta llegar a la meta y cruzarla.

Fuente: https://bjosemora.com/esperando-a-akhwari

La respuesta por parte del público asistente que aún permanecía en el estadio fue una ovación descomunal y la respuesta de este hombre al día siguiente fue la que cimentó para siempre su hazaña. Él dijo:

“Mi país no me envío 5000 kms. Para empezar la carrera. Mi país me envió 5000 kms. Para terminar la carrera.”

A veces, el objetivo de una carrera parece ser obtener un título o alzarse con un premio. Pero, después de ver las historias de Beethoven y Akhwari, me atrevo a decir que el objetivo es más simple:

Se trata de llegar y cruzar la línea de llegada. Porque esta vida es condenadamente dura de vivir y si vivir no es suficiente milagro ya, llegar a la meta es una victoria que no puede ser arrebatada por nadie, y más notorio se vuelve cuando otros pueden aprovechar lo que ofreciste durante el recorrido.

Beethoven dejó su música. Akhwari dejó su perseverancia. Shakespeare dejó sus obras.

Hay quienes se pasan la vida pasando la página, sin siquiera detenerse a prestar atención a lo que ven, a lo que hablan o a lo que hacen. Sencillamente cumplen la función de Estar. Nunca la de Ser.

Existen personas a quienes se les dice que al no haber mercado para su talento, luego tienen dos alternativas:

  1. Desistir y buscar un mercado menos competido en el que hacer vida y surgir (aunque eso no sea lo suyo) o,
  2. Imitar como marionetas sin voluntad todo lo que los de su propio mercado ya hacen, porque así habrá quien les preste atención a su trabajo, al menos un poquito.

Bueno, también sobre esto haré una reflexión:

El que alguien con supuestamente más experiencia, más condecoraciones, más popularidad y más reconocimientos que yo me diga que NO existe un mercado donde yo pueda exhibir mi obra, es con toda seguridad y sin ánimos de ser asquerosamente positiva, el mejor halago y cumplido que persona alguna pueda hacerme en toda mi vida.

Porque esa persona con conocimiento, experiencia, fama, poder, contactos y dinero está diciendo literalmente que soy UNICA, ORIGINAL e IRREPETIBLE.

Mientras la mayor parte del mundo se pelea por encajar en un patrón predeterminado buscando aceptación y algo de atención, yo me las he arreglado para ser verdaderamente diferente y sin siquiera proponérmelo. ¿Qué no hay mercado para mí? ¡Wow! ¡Estoy por descubrir uno nuevo!

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